jueves, 23 de octubre de 2014

El amor empieza con el coqueteo

No existen momentos exentos de otros, hay un denominador común en todo libro que se lee; se empiezan y terminan cerrando. Unos mientras se van leyendo, otros al final de la lectura y, los que más, aquellos que nunca debieron abrirse porque aún no estaban para que fueran leídos; esos quedaron a la mitad. Bueno es si, al menos, quedó la grata experiencia de haber llegado hasta esa página que nos invitó a dejarlo. De lo amargo siempre sale algo dulce; el final. El amor empieza con el coqueteo. El tiempo y el espacio de luz que brinda una vela es corto y limitado, pero ofrece toda la intensidad que mil bombillas alumbre. Nada puede ser comparable a la luz de una vela; nos invita a la esperanza, la lucha y a la posibilidad de permanecer vivos en todos los intentos. Una vela dispone de la libertad de apagarse sola y al mismo tiempo goza del amor de quién la enciende. Verse en una vela es aprender de ella los valores de la auténtica libertad. Quizás no decida el lugar donde quiera iluminar, pero sabe que para ella siempre habrá un lugar donde hacerse presente y no le importa su corto espacio de vida, tras ella vendrá otra que ocupe su lugar. Está preparada para morir, su luz brilla cerca de la luz. Su misión no es eterna. Hacerse brillar como la luz de una vela es garantía para sobrevivir a los tiempos oscuros; tiempos donde la libertad de expresión se pone en entredicho sin más. El prototipo de libertad a la que nos invita una vela es versátil, a la carta y encontradiza, se da en los lugares más inhóspitos, nunca desampara, regala serenidad y contemplación, vive al amparo de una llama que siempre orienta, incapaz de apagarse hasta el final o por la fuerza impetuosa del aire, valiente a la hora de encontrar una nueva oportunidad que le permita avivar su llama. La luz de una vela es brújula para todo aquel que ande buscando un destino. Obsérvala y prueba. Los quiero, piensa en positivo y feliz día. ©23/10/2014 La vida según Pipa II (J. Javier Santana)

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