viernes, 27 de febrero de 2015

De poco vale limpiar una mano si acto seguido se ensucia con la otra.

No cabe duda que todos los días somos presa de nuestros actos y cada peldaño de nuestras vidas están cargados de aciertos y errores; no puede existir unos sin los otros. La vida no es un tiralíneas de recorrido recto en aciertos o errores; es una combinación de ambas. Como diría Amin Maalouf: que la equivocación nos coja bien envueltos en la manta de la esperanza, y el error no nos sorprenda bajo un caudal de ataque de nervios. No estamos diseñados para gustar a los demás; nos diseñaron para hacernos felices los unos a los otros. Cada persona responde al carácter con el que se corresponde; si es agrio, será agrio a pesar de los dulces; si es dulce, será dulce a pesar de los agrios. Cambiar es solo cuestión de actitud. Los milagros ocurren tan cerquita de nosotros qué, de tan cerca que ocurren, somos incapaces de verlos. A veces la confesión, en sí misma, es el propio pecado. Todo lleva consigo un examen de conciencia y su correspondiente nivel de delito. Buscar la paz en el alma es sumamente importante, más importante es no inquietar el alma del ajeno. Entre el pecado y la confesión existe el examen, y ahí es dónde más se debe incidir. De poco vale limpiar una mano si acto seguido se ensucia con la otra. Sabemos que ambas manos están limpias, no porque la hayamos pasado por agua y jabón; sino porque al hacerlo tenemos la plena conciencia de no contaminar con ellas, y para ello no solo basta con lavarlas bien, también habrá que tomarse el tiempo necesario en secarlas; entonces es que entrará en juego nuestra oración bien meditada; si no existe un espíritu de reparación y reconciliación, nuestras manos seguirán mojadas, y una mano mojada mojará todo lo que toque. Los quiero, piensa en positivo, ora como amas, vive tu particular Cuaresma y feliz fin de semana. ©27/2/2015 J. Javier Santana

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